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REPORTAJE

"ARIEL ROT: MADUREZ DORADA"


El País Dominical, junio 2001

La marea de la Historia le dejó en España junto con su familia. Ariel Rot olvidó la pesadilla argentina y triunfó con Tequila y Los Rodríguez: ahora demuestra en solitario que tiene pasta de superviviente.

Ariel Rot
Foto: Ricky Dávila (Revista "Elle")

TEXTO: DIEGO A. MANRIQUE

Al fondo, suena el piano de Dr. John. En el sofá de Ariel Rot, montañas de albumes y sobres de fotografías: se le ha pedido que localice imágenes inéditas de su vida y la experiencia ha sido abrumadora, "he revivido tantas historias olvidadas que me he quedado bastante afectado".
Ante nuestros ojos, se despliega la epopeya de los Rotenberg, que parte de Ucrania. "El abuelo se fue a la Argentina por casualidad, subiendo al primer barco que salía del puerto. Era un gran comerciante pero tardó ocho años en poder traerse a su familia. Mi padre creció bajo el stalinismo y aprendió a odiar los totalitarismos, por muy populistas que fueran. Caso del peronismo, que tantos problemas le daría." Abrasha Rotenberg era "un economista con una impresionante avidez cultural. Creo que tenía ideología sionista pero la original, la que abogaba por un Israel donde convivieran judíos y árabes. Pasó un año en Jerusalén y a la vuelta conoció a mamá."
Dina venía del campo, de los llamados gauchos judíos, y ejercía de cantante. Así que el joven Ariel, nacido en 1960, creció rodeado de música. "Mamá ensayaba en casa con su guitarrista. Mi hermana Cecilia iba para actriz pero yo me sentía atraído por el rock. Tenía acceso a muchas músicas: aparte de los amigos cantautores de mamá, mi padre llegó a producir al Cuarteto Cedrón, tanguistas intelectuales que trabajaron con Julio Cortázar. Tuve lecciones de piano clásico pero había un rock argentino muy fuerte, muy imaginativo, grupos como Manal o Almendra".
A los diez años, Ariel acudió con Dina Rot a un concierto de Paco Ibáñez en Buenos Aires, donde conoció a Alejo Stivel, también escoltado por su madre. "Nos hicimos colegas, apasionados por el rock nacional. Tomé clases de guitarra con Claudio Gabis que, mira qué cosas, también terminó en Madrid. Yo era muy ambicioso: compuse y grabé en casa una ópera-rock que titulé ´Vida´, con unas letras buenísimas de Cecilia. Alejo fue quién me devolvió al rock and roll cuando yo andaba medio desconcertado por los sonidos sinfonistas, se comprometió a cantar mis canciones. Teníamos unos catorce años, imagina la audacia."
Encontró comprensión en sus padres: "son judíos liberales, alejados de la religión. Muy racionalistas: si había conflictos, se contrataba a un terapeuta de familia para resolverlos. Aceptaron que fuera músico siempre que estudiara jazz, composición, armonía, inglés, todo lo que imaginaban que necesitaría."
Mientras tanto, Abrasha Rotenberg se había convertido en una figura poderosa dentro del periodismo bonaerense: fundador del diario "La Opinión", llegó a ser su director tras una espantada del legendario Jacobo Timerman. Una etapa turbia que cuenta en el espléndido "La Opìnión amordazada" (Taller de Mario Muchnik, 2000). "Mi padre estaba tan en el ojo del huracán que se sentía inviolable, mientras a su alrededor estallaban bombas, se secuestraba, se asesinaba, se preparaba el golpe militar. Sufrimos un asalto, un comando de Montoneros entró en casa y consiguió todo el efectivo que había en la caja de ´La Opinión´. Aguantó hasta que supo que figuraba en una lista de personas mal vistas por los militares, tremendamente antisemitas. Antes, yo pasé una noche de pesadilla: Alejo y yo íbamos en taxi a un concierto cuando la policía nos paró, llevar melena era casi delito. Nos tuvieron horas caminando por el puerto, mientras iban deteniendo a más gente. Finalmente, en la comisaria nos dijeron: ´ustedes son muy chicos, salgan corriendo de aquí´. Es lo que hicimos, sin darnos cuenta que eso podía ser una excusa para tirotearnos. Esas barbaridades eran normales."
Los Rotenberg decidieron exiliarse en Madrid: "ya habíamos estado en 1971, la típica gira argentina de recorrer Europa en unas semanas. España estaba en la transición y nos parecía apetecible. Alejo y yo conseguimos uno de los primeros ejemplares de EL PAIS y vimos que no solo se hablaba de política, que ponían buenas películas, que los precios de los alquileres eran razonables. Llegamos el 2 de agosto de 1976 y es lo que cuento en ´El vals de los recuerdos´. Durmiendo todos juntos en una habitación del Hotel Mayorazgo, en la Gran Vía, con Cecilia llorando. Ella era la mayor y tenía la vida más hecha, mientras que yo que estaba harto de Argentina y de tanta paranoia: a algún amigo mío, por las pintas, le habían hecho un simulacro de fusilamiento. Mi fantasía era llegar a España y montar un grupo con Alejo que triunfara."
No sabía que había caído en un desierto para el rock.
"Salgo el primer día a pasear y me encuentro con que en un cine céntrico están dando ´Ladies and gentlemen: The Rolling Stones´, había hasta una figura gigante de Mick Jagger. Esto es la hostia, me digo, el paraíso del rock, Que equivocado estaba, lo de la película era una anécdota. Cuando aparece Alejo, nos sentimos gilipollas por no ser capaces de conectar con la escena del rock. Y resulta que no había nada de nada, aparte de las sesiones del viernes por la noche en el M & M. Aún así, es un tiempo feliz: nuestros padres se olvidan de que debemos ir al colegio. Mi padre volvía regularmente a Buenos Aires hasta que los militares se incautan de ´La Opinión´ y nuestro nivel de vida baja drásticamente. El cataclismo nos hace a todos más humanos, los Rotenberg nos convertimos en una piña. Mi padre monta una editorial y mi madre, que había sido bastante famosa en Sudamérica, se recicla en profesora de canto." España no llegó a intimidarle: "viniendo del rock argentino, que era jipioso y marihuanero, nos asombraba la cultura del alcohol, nos aterraba que todo el mundo fuera de gris. Nuestra educación musical nos permitía jugar con ventaja: Argentina estaba en el fin del mundo y pudo crear un rock con identidad propia. Veníamos de un país donde los grupos llenaban canchas tocando canciones propias y nos asombraba que aquí nos dijeran que no se podía hacer rock en español. Si alguna vez salió el tema, nos reconocimos judíos y el desconcierto era total: se pensaba que todos los judíos íbamos como ´El violinista en el tejado´. En unos meses, nos habíamos pateado todo Madrid y terminamos ensayando en Arturo Soria lo que pronto sería Tequila. Vino a vernos Jesús Ordovás y sacó una nota en ´Disco Express´ donde me destacaba, decía que yo tocaba locamente la guitarra".
Tequila demostró la viabilidad del rock en castellano. Sus canciones, de temática y lenguaje juveniles, pusieron fondo a una etapa de liberación en todos los órdenes: "imagina llegar a la mayoría de edad en un país nuevo y tener a tu disposición todo el sexo y todas las drogas que te apetezcan. ¡Eso nos ocurrió! Recuerdo que éramos muy aficionados al sexo en grupo, nos parecía que una estrella del rock tenía que ser muy viciosa. ¿Lo hicieron los Stones, Hendrix? Pues nosotros nos apuntábamos, sin pensarlo. Coqueteábamos con las drogas duras. Yo tuve tan mala suerte que en 1979 pillé una hepatitis. Lo asombroso es que dejé de actuar con Tequila un tiempo y ¡nadie notó la diferencia!".
Cecilia Roth y Ariel Rot destacaban en el esplendoroso Madrid de finales de los setenta y primeros ochenta. Ella, actriz en películas de culto como "Arrebato"; él, una pepona de estética "glam" al estilo New York Dolls. Ambos, con bellos ojos verdes. Ambos, objeto de todo tipo de deseos. "Leí ´Madrid ha muerto´, la novela de Luis Antonio de Villena y me hizo gracia que uno de los chicos protagonistas me tiraba los tejos y yo le daba un corte brutal. Lo curioso es que Villena me aseguró que ese incidente en particular se lo había inventado ¡pero a mi me sonaba!. Puede que sí, que mi hermana y yo despertáramos mucho morbo cruzado. Recuerda que el rock dejó de ser barrial y entró en contacto con el mundo del ´glamour´, con las modelos, los actores, los ricos bohemios. De repente, alguien quería lanzar a Cecilia como cantante y grabamos maquetas, hasta que el personaje en cuestión manifestó que la vía al éxito pasaba por su cama. Las canciones que hicimos juntos terminaron siendo interpretadas por Rubi, en su fase erótica."
Lo que no menciona "Madrid ha muerto" es que la irrupción de la movida supuso el fin de Tequila. "Nuestra caída fue tan abrupta como la ascensión. A los 21 años ¡nos consideraban carrozas!. Los de la nueva ola apenas sabían tocar y nos miraban por encima del hombro. Aunque socialmente sí éramos apetecibles: se nos acercaban, sabían que Tequila significaba vicio. Pero los entendidos nos percibían como un grupito para fans. Hubo un concierto terrible en Barcelona donde parte del público nos tiró de todo, un odio bestial. Al mismo tiempo, nuestra discográfica nos menospreciaba, prefería vender ´heavy metal´. Eramos tan caóticos en nuestros asuntos que ni siquiera se nos ocurrió rescindir el contrato y nos ataron por otros cinco años. Una compañía quiso lanzarnos en Japón y nos encontramos grabando un LP para aquel mercado, éxitos de Tequila con unas infumables letras en inglés. Estamos en Londres, sin un apoyo, y nos obligan a cantar incluso dos temas horribles que se trajeron de Tokio. Aceptamos, rezando para que semejante horror no llegara a escucharse en España y calculando que aquel dinero nos daba unos meses más de vida."
En la mitología del rock, no se menciona el fracaso como segundo acto. ¿Cómo se sufre semejante experiencia?
"Fue brutal, anunciamos que Tequila se separaba y ¡nadie nos intentó disuadir! El dinero se había evaporado: un mes después, alguno malvivía en una pensión, trapicheando para mantener el hábito. Yo rompí con Alejo durante muchos años. Como se supone que era el guapo del grupo, a mi me grabaron dos LP que no vendieron. Cuando quise la carta de libertad, me obligaron a renunciar a todas las futuras ´royalties´ de Tequila, esas tácticas mafiosas de entonces. Me instalé en la casa paterna, sobreviví produciendo a Pistones y aguanté hasta que volver a Argentina resultó atractivo. Mi hermana regresó mucho antes, para distanciarse de los malos rollos tóxicos, y pudo ayudar a mantenerme. Claro, allí era un desconocido: no sacaron discos de Tequila, nadie lo hubiera entendido en medio de una dictadura. Conecté con Andrés Calamaro, me produjo una maqueta y entré en su banda con jerarquía de subjefe. Ibamos a actuar al interior, viajes de 20 o 30 horas, puro ´Apocalypse now´, puestos hasta el culo, enloqueciendo progresivamente en un autobús que no superaba los 80 kilómetros. Era un hobby de fin de semana, no ganábamos un duro; yo me mantenía haciendo ´jingles´ publicitarios. Hasta que llega la hiper-inflación y Argentina entra en barrena, ni se venden discos ni hay bolos."
Se oían cantos de sirena desde España. Con Julián Infante, el Keith Richards de Tequila, se preparó en 1990 un supergrupo donde entraron Ariel y Calamaro: Los Rodríguez. "¡La primera vez que me planifiqué en términos profesionales!. De repente, España me pareció Europa. Había dinero, infraestructura y muchas promesas. Que no se cumplieron, claro. Andrés y yo teníamos un piso cojonudo pero había días que no teníamos para comer".
Hoy, Los Rodríguez son página de oro del rock español, modelo mil veces imitado; convenientemente, se olvida que su carrera fue durísima: "nuestros tres primeros discos salieron en tres compañías diferentes, aquello no marchaba. Andrés se lo planteaba de forma muy calculada, se marcó un plazo antes de regresar. Pero se integró sin problemas, había un gran clan de argentinos que le reverenciaban, fascinó a los músicos de aquí y, encima, se casó con una española."
Aquí conviene mencionar que la mujer de Calamaro es hermana de la actual compañera de Ariel; los posteriores conflictos sentimentales y las reivindicaciones individuales de Calamaro le dejaron en una posición incómoda.
"Andrés se revaloriza y un día exige cobrar más que los demás Rodríguez, justo antes de entrar en el estudio. Lo suelta desde una posición sólida: ya tenía ofertas para cantar en solitario y era cierto que trabajaba más. Finalmente, se establece una escala de porcentajes entre los cuatro, algo quizás justo pero ingrato, feo. Nos hace ver que Los Rodríguez no van a ser eternos, que hay agendas ocultas. El éxito nos llega cuando el grupo ya está tocado, tocado pero no hundido. Hacemos una gira multitudinaria con Sabina y nos convertimos en supervendedores con el disco de despedida, que ni siquiera se nos ocurrió a nosotros: fue una sugerencia de sobremesa de Alfonso Pérez, nuestro contacto en DRO."
Extraño sino el destino de Ariel: partir desde abajo, volver a comenzar como solista cuando muchos de sus compañeros de viaje están instalados en la gloria. Alejo Stivel es un productor reclamado a ambos lados del Atlántico. Andrés Calamaro se ha transformado en leyenda viva. Su hermana Cecilia paladea las mieles de ganar un Oscar en Hollywood; está unida a Fito Páez, máximo astro argentino durante los noventa. "¿Quejarme? He tenido fantásticos maestros. Yo me considero más que afortunado: dos de los miembros de Tequila murieron, digámoslo groseramente, a causa del estilo de vida del rock y aquí sigo yo. Fito ha sido un apoyo constante, ofreciéndose incluso a aparecer como invitado especial en una serie de conciertos que dí en Buenos Aires: alguien que abarrota estadios esperando para tocar un temita en un club pequeño a las tres de la mañana. ¡El cuñado se porta!. Y Andrés, bueno, ahora no está en el altarcito de santos particulares que monto cuando tengo que grabar, pero volveremos a hacer música juntos, hay magia cuando nos reunimos. Pero igual me ocurre cuando colaboro con Sergio Makaroff y Andy Chango"
En su segunda carrera en solitario, Ariel ha oscilado entre el pesimismo y la exuberancia. "El grupo con el que me puse a punto se llamó ´The Rota´ (pronunciése "Derrota") pero luego grabé el disco de 1997, ´Hablando solo´, con The Attractions, la banda de Elvis Costello.
Fue un subidón, uno de los momentos más felices que recuerdo, un pibe de Buenos Aires mandando a esos musicazos. Claro que luego tuve que meter las voces y hacer las mezclas y ¡estaba solo!. La situación me aterraba pero también me ponía. Yo no fuí el vocalista principal en Tequila o Los Rodríguez, siempre compartía responsabilidades y, por mi forma de ser, me dejaba llevar".
Hubo otro disco cargado de historias de maravillosos perdedores y crónicas autobiográficas a principios del año 2000, ´Cenizas en el aire´, que no logró la repercusión esperada. Así que ahora Ariel se lo juega todo a una carta: ´En vivo mucho mejor´ es un trabajo en directo que suma éxitos de Tequila y Los Rodríguez al repertorio propio, casi veinte canciones desarrolladas con el respaldo de una banda musculosa.
"Tampoco pretendí hacer el típico ´live´ con una docena de invitados de lujo. Es simplemente una forma de ofrecer un buen paquete al respetable que sabe quién soy yo pero no ha comprado mis discos."
Resulta además que una de las canciones está sonando a todas horas en un anuncio de TV. "No, eso no lo veo degradante: cuando casi han desaparecido los programas en los que puedes actuar de verdad, cualquier vía de promoción es aceptable. Llevo 24 años tocando y para una vez que el viento del ´marketing´ sopla a mi favor, no puedo permitirme el lujo de ponerme purista a lo Neil Young y decir que detesto la publicidad."
Dandi de risa fácil, Ariel mantiene un aire de perpetua adolescencia. Este Dorian Gray porteño ¿tiene una trastienda secreta?. "Soy un gran simulador, un experto en disimular dudas e inseguridades. Nunca me he planteado tirar la toalla, deben ser los genes Rotenberg. Lo que hicieron mi abuelo y mi padre, hombres de familia capaces de empezar de cero en otro país, eso sí que tiene mérito. A veces, me siento como Woody Allen: con el mismo nivel de autoestima que Kafka. Yo me estrellé siendo muy joven y eso te vacuna. En el fondo, soy consciente de mi oficio y de mi poder. Unas veces tendré público masivo pero siempre habrá alguien escuchándome. Nunca me voy a morir de hambre".


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